Debe ser el influjo magnético de la aguja en esta brújula señalando siempre al norte la que hace vagar en círculos mi memoria. O quizás, el embrujo de tus ojos me facilita irme de mí y perderme en ti; creerme barca a la deriva entre el oleaje de tu piel y surcar la tersa intimidad de tu mar que me sabe profundo, y misterioso. Ha de ser, sí, ese reflejo azul marítimo en tu mirada lo que me incita lanzarme a la aventura de una tempestad sin retorno y acabar habitándote.
Creí que nada podría vencer la fe de mi palabra, ni la fuerza de mi razón. Que con estratagemas podría ganarle a la vida evadiendo sus males de amor. Pero una vez más, de manera imprevista –como se place hacerlo-, ha conseguido despeñar un alud sobre mi ingenuo corazón. Sabida que el amor es una enfermedad sin remedio; una semilla al viento que llega, florece, marchita y se va, dejé que su avalancha me arrastrara, y sentí de nuevo el cálido abrazo del sentimiento y el dulce aroma de la ilusión.
Clínicamente, mi caso es grave: no como, poco duermo, me acompaño del silencio para hablarle de ti y en la obscuridad, tallo a golpe de formón tu bella imagen de ángel que tengo grabada claramente en el fondo de mis pupilas y que contemplo desde mi nocturna existencia.
Absurdamente te amo, hoy, esta noche, mañana... Y quisiera escucharas lo secretos que guardan mis ojos cuando te veo, regalarte una estrella fugaz para que la decores con tu nombre y la sitúes luego en una nueva constelación creada y garantizada por algún dios.
No obstante, me duele de pronto la ausencia, porque siempre estoy sola de ti, de este mar al que nunca llegará tu marea, porque entiendo que jamás entrarás en mi verdad, que siempre estaré más allá de tus ojos, en el cetrino territorio donde quiso comenzar mi alma.
Aún así, sigo soñando, aguardando la misma hora, contemplando la misma luna para encontrarte en ella. Quizá no entiendas el anhelo de mis labios huérfanos o mis torpes palabras en las que me refugio para ahuyentar la soledad. Al final, eres tú y no yo quien vive en mi mente, y soy yo la que vive exiliada de tu cuerpo, de tu boca, de tus besos, de tu tiempo y de tu vida.
Fácil sería amar a otro y saciar esta sed, pero no puedo. Te amo por principio y convicción, (como no creí volver amar) y aunque tu corazón nunca se abra en el mismo instante que el mío, esperaré con la paciencia del naufrago a que la corriente de tu río se calme en mis venas, y que el olvido relegue todo trayendo la desesperanza del alba, cuando por las noches me duerma con la única certeza que despertaré.
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