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En cada latido

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Y luchó contra el sueño y el desvelo,
el asombro y la apatía,
la razón y negación;
incluso, con días de indecisas alboradas
y cárdenos ocasos que se enredaban
en el cetrino dosel de la floresta,
como su añoranza entre débiles cenizas.

Mas no pudo con la abismal lejanía
que se mantuvo aterida en cada latido
que de amor tañía triste
a la sombra de una silenciosa espera.

Ya ni los viejos poemas,
ni las gastadas melodías
son compañía para esta noche
en que el rumor del viento
llena un vacío de ausencia
-que es otra forma de presencia-
y ya nada importa.



© Lissette Flores López. Derechos Reservados.

Hambre de pecado

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El interminable invierno escarchaba su piel
deshojando los silencios del otoño
arrasando sus furtivas quimeras
al roce de febriles delirios y latidos
que cristalizan, a fuerza de hambre de pecado,
esa congoja de su vientre erial.

No puede apartar aquellos ojos
que, como la noche, llegaban puntual a sus gemidos,
sonrojando al silencio
con los susurros de sus manos tensas
estallando al enigma de su cuerpo,
dibujando bramidos de suspiros
en los pliegues de sus blancos lienzos.

El frío amenaza hacerse eterno entre sus cañaverales
y del grito ahogado que responde la desnuda mano
surge la súplica aliviada
-entre gozos y temblores mitigados-
de un cuerpo acosado de deseo
que sueña con la floración del alba
para cubrir de mieles las riveras de otra piel.


© Lissette Flores López. Derechos Reservados.

Remolinos de ilusión

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Qué fácil es enamorarse cuando el corazón cree haber encontrado afinidad en otros latidos. Todo tiene una mejor razón de ser en derredor, los colores y la luz asumen nuevos brillos.


Pronto viene a ti el aroma perenne de las rosas en primavera y el bullicio de las aves al amanecer se torna en dulce melodía -a toda hora-, hasta el sonido que producen las hojas secas arrastradas por el viento te seduce... Y aquella canción, a la que apenas prestabas atención, luego de dedicártela, pasa a convertirse en himno de amor e invade todos tus silencios.


Veneras su nombre, aliento y sombra, cada caricia perpetrada, cada beso robado, el exquisito aroma de su piel, su tersura, tibieza y firmeza, la seda de sus cabellos que se enredan entre tus dedos, su cándida sonrisa que confundes con el crepúsculo y hace estremecer los pliegues de tu piel.


Los vientos cálidos y húmedos del sur despliegan las velas de la pasión, haciendo que caigamos en un estado gravitatorio con sólo escuchar su voz. Pero es al momento de tomar su mano entre la tuya que se paraliza el tiempo; a su vera, te pierdes en los atajos de su mirada y levitas en medio de un remolino de ilusión.





© Lissette Flores López. Derechos Reservados.
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