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Para decir que te quiero

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No necesito escribir un poemario
para decir que te quiero
porque sobran las palabras
como sobran amaneceres por venir
y sitios,  y pensamientos
y circunstancias ilógicas.

Te quiero como se quiere a una tarde
a la lluvia imprevista
a la sonrisa de un niño
o a la vida misma,
por instinto, por costumbre
sin razón, sin argumentos,
sin motivos ni intención,
te quiero simplemente porque sí,
porque una parte de mi alma
ha decidido amarte hasta el fin.

Y es que de pronto te has convertido
en mi boca, en mi lengua, en mis manos,
en el aire que respiro,
en el alimento de mis huesos
y creo que somos dos convergiendo en uno,
que somos tiempo que pasa
y permanece intacto entre espacios abiertos
como el que mora entre valles y mesetas.

Tampoco necesito que digas nada
ni me des nada, amor mío
que yo sé tomarte del viento
escucharte en el silencio
y encontrarte al fondo de esta soledad
que ya te pertenece.

Para decir que te quiero no necesito palabras,
basta amarte con esta queda sencillez
con que se pierden las nubes en la noche
sabiendo que a su paso el amanecer llegará
y los amaneceres son muchos, y sobran
pero el nuestro sólo es uno, y nos ve.


© Lissette Flores López. Derechos Reservados.

En un espacio paralelo

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En algún punto del espacio
hay un universo paralelo
nombrado por nosotros mismos
donde habita mi corazón dentro del tuyo.

Un universo amurallado de besos
protegido por el arco de mis pechos
y la ternura imbatible de tus manos.

Un mundo sólo para los dos
en el que a las tres de la mañana
somos cualquier cosa:
tango y risas,
raíces y luna,
frío de enero y calor de hoguera,
noche y armonía.

¡Pero tú eres más que eso!
Eres lluvia, verano, otoño y primavera,
eres palabra inefable que canta al viento
estremeciendo caminos,
instinto voraz,
quieta locura,
la rosa de mis espinas…

Y yo,
yo sólo soy este amor que no se cansa de amarte.



© Lissette Flores López. Derechos Reservados.

Amanece entre tu cuerpo y la lluvia

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Anoche,
con la llovizna que caía sobre Antigua
te amé,
incluso, te soñé sin conocerte;
eras ave de lluvia
amparado en la enramada de mis brazos,
y yo, partícula de fuego
diluida entre tu cuerpo y un turbión de miradas.

Amanece.
Te llamo en silencio
con la pasión eterna del bosque al invierno,
y la inquietud de la distancia a una estrella.

El viento arrastra tu nombre
al dintel de mi alma,
flota en mi pecho
como embrujo dormido de aurora,
serpentea por mi piel
como gotas de rocío en el cristal.

Amanece esta tarde de nubes grises
y llueven tus palabras de azul ternura
llenando un vacío de luz
con aroma a jazmín macerado
que desliza sus enigmas
en medio de la niebla de febrero.


© Lissette Flores López. Derechos Reservados.

Los gatos, por ejemplo

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(Evocando a Javier... y a mi utopía)

Dos de la madrugada. Afuera llueve y hace frío. No me hace falta cerrar los ojos para inventarte, alcanzo a ver tu reflejo argentado en la cortina que se mece por la brisa en la ventana. Te sonrío con la mirada húmeda, mas no me place conversar contigo, no esta noche, amor.

Dos cincuenta y tres. No llueve ya. Empero, el sonido de las gotas resbalando por las hojas del naranjo hace parecer que no ha cesado la lluvia. Me levanto y lazo mi cabello. Este insomnio me obliga pensar, y no me gusta, duele. Retomo la lectura del libro de Bejarano, pero pronto las letras empiezan a formar caligramas con su nombre, ese nombre que no logro borrar de mi mente, ese nombre que no es el tuyo, amor, y que ha venido a confundir mi vida, a sentir que la sangre quema fuego en mis venas, a creer que él sangra en mi pecho sin secarse... a imaginar que le quiero ¡Vaya ingenua!

Oculto el libro bajo la almohada y dispongo salir al balcón, necesito aire.

El aroma a tierra mojada y el canto de los grillos y cigarras me serenan de momento, pero luego brotan los pensamientos como lágrimas filosas rasgando mi ser. Hay muchas cosas que no entiendo, los gatos por ejemplo, por qué salir en horas como ésta a perderse entre las sombras; o por qué siempre que no quiero recordarle galopa su recuerdo sobre una luciérnaga atravesando, con todos sus silencios, la penumbra de mi anoréxico corazón. No entiendo cómo la utopía puede dosificar la locura en grandes cantidades convirtiéndome en su adicta, cuando en realidad no existe y tendría que ser más invisible que un neutrón. Sin embargo, no me explico por qué mi vida le llama con el clamor de la piedra a la esperanza.

De nuevo llovizna. Retorno a la cama y me doy cuenta que nunca había sido tan tarde a las tres cuarenta y cinco como hoy. Por suerte finaliza octubre (un mes más) y ha sido difícil no morir preservando este amor dolor hasta sus últimas cenizas.

¡Ay, ilusión nubada! Si tan sólo te fueras también como octubre, qué fácil sería agonizar.



© Lissette Flores López. Derechos Reservados.

Sabor a lluvia

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Extinto quedó el fuego contenido
por la intensa embestida de la pasión,
no hubieron sombras sobre la almohada,
tu luz vehemente iluminó el enigma de la noche.

Olas inquietas estallaron en esta penumbra desnuda de cuerpos
y en tu mirar adormecido se asilaron luces bohemias
que iluminaron gemidos con voluntad de pájaros.

Trémulo mi labio se retiró del tuyo,
un sabor a mañana rociada de lluvia peregrina
en la piel nos ha quedado,
y en el alma, un roce imperceptible de cometas fúlgidos en fuga.



© Lissette Flores López. Derechos Reservados.

Hay días que te sueño

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Hay días que pienso que te sueño y he soñado que te pienso de día. Hay veces creo no existes y otras te siento tan real y mío, que no entiendo por qué no irrumpes en mí rasgándome las venas para convertirte en torrente de vida y así abras brechas en las profundidades secretas y tibias de mi alma.

No sabes que desde tiempos inmemoriales, antes que el ave cantara al alba y que la flor estirara sus pétalos para bañarse con la brisa del arroyo que nace de la montaña, ya esperaba por ti, con la misma paciencia del céfiro que aguarda cese la lluvia para salir luego a acariciar la pradera.

Aprendí a pensarte en voz baja, pero hay noches que en un grito silencioso se me escapa tu nombre, conociendo tu existencia sólo una nube errante, un grupo de silentes estrellas, el sereno que se cuela por la ventana y mi almohada, a quienes les hablo de ti hasta que sombras somnolientas se cuelgan de mis párpados y nuevamente vuelvo a soñar que te sueño.





© Lissette Flores López. Derechos Reservados.
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