inesperado, como copiosa lluvia en una tarde de marzo.
Nunca debieron cruzarse tus ojos con los míos
y lo hicieron en un silente palpitar de tiempo.
Y te encontré.
Sin pensarlo, sin planearlo, sin sentirlo.
Intuí serías vos la última gota de sereno
que vendría a reverdecerme el alma
librándome de horas insomnes, vacías y necias.
Todo en torno mío pasó a ser parte de tu ser:
el sol, el viento, la lluvia, la niebla, los árboles,
la mariposa que vuela sin rumbo,
el canto melancólico del grillo,
la luna en todas sus fases, mis ingenuos latidos... ¡Todo!
Eras el cosmos resumido a lo ancho y largo de tu mirar.
Y te viví.
En viva piel, en sueños y pesadillas,
al alba y al ocaso,
en mi pequeño mundo, sigiloso y solitario,
convirtiéndote en diestro alquimista
capaz de transformar lágrimas en sonrisas.
Así intensamente, por primera –única y última- vez
me cegué sin quererlo.
Es momento de abrir los ojos,
sellar labios,
taponar venas,
cicatrizar heridas,
palidecer madrugadas,
e incinerar sueños.
Ahora sólo pido me devuelvas la razón
mi soledad y silencios,
así, íntegros como te los llevaste
una inesperada tarde lluviosa de marzo.
© Lissette Flores López. Derechos Reservados


