Érase una vez una tierra muy colorida y llena de luz donde era agradable habitar. Un día, el invierno se estableció allí, y al parecer, por tiempo indefinido. Desde entonces todo se tornó gris y frío. Durante cuatro años hubo oscuridad, silencio… soledad. Los días traían monotonía y dolor. Hasta que una tarde el invierno se marchó tal y como llegó otrora, sin avisar. A la mañana siguiente las aves gorjeaban en los árboles, el viento susurraba en las praderas y cientos de semillas volaban con una ilusión a cuestas. Había tanto sol que todo cuanto cabía bajo el firmamento, era hermoso.
© Lissette Flores López. Derechos Reservados.


